Me crié en La Iglesuela del Tiétar, un pequeño pueblo de Toledo. Y en un pueblo, cuando sacas buenas notas, las expectativas de tus profesores y de tu familia están claras: vete a estudiar una buena carrera y sé alguien.
Así que seguí el guión. Salí a comerme el mundo.
Hice Estudios Internacionales entera en inglés, viví en Buenos Aires y acabé de prácticas en la Embajada de España en Berlín. Volví decidida a preparar la oposición a la Carrera Diplomática.
Siete meses estudiando sin parar.
Hasta que, un día, paré.
Mi parte creativa llevaba tiempo pidiendo paso a gritos, así que me matriculé en un máster de diseño de interiores y, al poco, en otro de diseño gráfico en la escuela LABASAD de Barcelona. Fue precisamente mientras entrenaba mi ojo y aprendía a diseñar cuando todo hizo clic.
Empecé a mirar lo que tenía en casa. Los restaurantes de mi zona, los hoteles rurales, las bodegas, los pequeños productores. Gente haciendo cosas extraordinarias con una imagen que no les hacía justicia.
Podía seguir diseñando para cualquiera o hacerlo para los míos.
Para que lo rural se ponga de moda y que nadie tenga que irse del pueblo por falta de oportunidades.
En mi casa la trilla no era una metáfora. Era el trabajo de cada verano: separar el grano de la paja después de la siega, con una plancha de madera curvada llena de piedras cortantes que arrastraban los burros por la era.
Cuando buscaba un nombre para mi marca, hice una lista larguísima: herramientas del campo, parajes, motes familiares, objetos de casa de mis abuelos. Cuando apareció “la Trilla”, todo encajó. Pensé en nosotras.
Como si fuera una era, para que los pequeños viéramos cómo se había hecho aquello toda la vida.
Porque sé lo que es un agosto que sostiene el año entero, o un negocio que lleva tres generaciones en la misma familia. Cuando me lo cuentas, no tengo que traducirlo.
Y he pasado años mirando desde fuera, que es lo que me permite ver tu negocio como lo ve quien llega por primera vez. Que es, justo, quien tiene que entender lo que haces.
Sigo viviendo con un pie en el pueblo y otro fuera. Viajo siempre que puedo, colecciono idiomas a medio aprender y soy embajadora insufrible de La Iglesuela allá donde vaya. Funciono a base de matcha y de los Sanguijuelas del Guadiana a todo volumen.
